29 de noviembre de 2014

¡Qué se jodan!

Aunque muchas veces, si no todas, puede parecer lo contrario debo confesar que tengo una faceta sensible. Sensible o suficientemente parecida a la sensibilidad. Intento esconderla pues a medida que voy echando días de los que me quedan para atrás, me voy dando cuenta de que menos me sirve ni aporta para nada en mi vida; miento, normalmente sirve para que cuando menos me lo espere me aparezca un puñal clavado así, sin darme ni cuenta. Porque la conclusión a la que he llegado es que cuanto más cabrón parezcas mejor te va a ir en la vida, por triste que parezca.

En fin, que me disperso. Supongo que todos habrán visto las imágenes del señor Carlos Fabra esta semana, acudiendo a recoger la orden de ingreso en prisión o como se llame, que uno es de ciencias. Pues bien, en un momento dado le preguntaron algo como "¿en qué prisión preferiría ingresar?" a lo que respondió, con la voz rota, "yo preferiría estar en mi casa". Y debo confesar que al escucharlo por un momento pensé "pobre señor, qué pena", sentí una cierta empatía por él.

Duró poco, menos de un segundo. Porque luego recordé a su hija gritándonos a todos los parados (que antes no lo era pero ahora sí) su famoso "¡qué se jodan!", recordé que estamos hundidos en la mierda gracias a ladrones como él, que han despilfarrado miles de millones de euros y por el proceso se han enriquecido. Entonces la empatía dio paso a un sentimiento de desprecio y de que sólo dos años (de los que cumplirá meses en prisión de lujo) no son nada para todo lo que ha hecho y que sólo han caído un par de todos los que deberían.

Alquitrán y plumas antes de entrar en prisión debería ser obligatorio, escarnio público, frutas podridas en la cara, recorrer desnudo y encadenado toda la ciudad, vamos, pillas lo que añadiría a las penas. Jódase, señor Fabra. Y que se joda su familia, hostiayá.

Pero sin maldad. O con mucha.


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