22 de marzo de 2014

Recuerdos de la infancia

Yo tendría como 7 u 8 años, me atrevería a decir. Siempre fui un cuatro-ojos (y uno de remojo) así que esa tarde estaba en la consulta del oculista. Y me aburría, pues ya había terminado lo que había llevado para leer.

A mi lado, sentado, había otro niño. Tenía aproximadamente mi edad y lo miraba con una cierta envidia, pues leía un cómic, creo recordar que un Mortadelo. Sí sé que era el último que había salido y lo sabía porque miraba los kioskos con deseo. Lamentablemente en aquella época (y durante casi toda mi niñez y adolescencia, según recuerdo, quitando algunos tiempos buenos) la situación económica familiar era de todo menos boyante y aunque ya tiraba de biblioteca siempre quedaba el deseo de devorar los cómics a los que no podía acceder y que con suerte me llegarían el par de semanas después de que salieran gracias a algún amigo del barrio.

Por esto y en una de las pocas veces en las que superé mi profunda timidez (aislacionismo casi, borderline que diría Rantamplán, aunque muchos no se lo acaben de creer) me atreví, temblando por dentro, a pedirle que cuando entrara a la consulta me lo prestara para hacerle una lectura rápida, que estaría allí seguro pues tenía consulta después de él. La respuesta, un claro y directo NO, es mío. Otro clavo más en mi confianza y volver a mi silla, rojo, callado y al borde de las lágrimas (otra de mis estúpidas características).

Poco después entró en la consulta (con el cómic, claro) y dada su ausencia me quedé más tranquilo. Salieron, pasó más gente y nos tocó entrar, quizás 20 minutos después. Y nada más entrar en la consulta lo ví allí, encima de una poyata, el cómic que no me quiso prestar, olvidado. Sé que pensé algo como "si me lo hubiera dejado ahora lo tendría con él". Y también sé seguro que sonreí, que salí de esa consulta sonriendo.




Esta historia tiene lamentablemente un punto negativo pero mucho, pues reafirmó en mí lo que superstición católica me había enseñado y es que dios castiga al, por ejemplo, egoísta. Tuvieron que pasar muchos años para que a base de golpes aprendiera que no, que el karma no existe, dios tampoco y los malos, egoístas y cabrones son los que realmente medran. En fin, así crecemos, a base de hostias. Y no sería yo si no hubiera vivido todo lo vivido, lo bueno y lo malo, pienso.



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4 comentarios:

Locke Demóstoles Vespinoza DeProfundis dijo...

Risa villanesca infantil: ¡Ja,ja ja, JA,JAAAAA!

exseminarista ye-ye dijo...

Tal cual pero para dentro ;)

loquemeahorro dijo...

Pensé que habías esperado al niño a la salida, pero sonreírte porque se olvidara el Mortadelo, no es ni de aprendiz de becario de villano.

Así no vamos a llegar a nada en la senda del mal.

Y por cierto (y sin lecturas kármicas) es cierto, si te lo hubiera dejado, no lo habría perdido.

Es una de las pocas veces que una buena acción no hubiera obtenido su castigo.

exseminarista ye-ye dijo...

Mujer, por aquel entonces era un niño inocente y sin maldad. Ésta la desarrollé con los años, muy bien desarrollada por cierto, ahora cuando me río malvadamente mientras acaricio la gata es con buenos motivos, muahahahaha.