5 de octubre de 2013

El síndrome del cazador

Llueve. Sentado en penumbra, en el salón, escucha el agua, los truenos y siente un escalofrío mientras mantiene la mirada perdida. Ante él los trofeos de lejanas capturas le llevan a aquellos años en los que era joven y recorrió el mundo entero tras las presas más arriesgadas, conquista tras conquista, nuevos paisajes, lenguas extrañas, montañas inexploradas.

Siente el frío en los huesos pero no se levanta a añadir un nuevo tronco en la chimenea. Le invade la nostalgia.

Llega su compañera y mientras le abraza le arropa con una manta. Conoce ese estado de ánimo así que le acerca la pipa y el tabaco y mientras él la prepara, le sirve un vaso de su whisky preferido, se introduce a su lado en el sillón y apoyada en él, compartiendo la manta, lee en silencio mientras le roba de vez en cuando algún sorbo del bourbon.

Y él fuma, bebe lentamente mientras la mira y sonríe. Le pasa el brazo por encima y recuerda también otros fríos, otras lluvias bajo una frágil tienda de campaña, heridas infectadas, huesos rotos, la lejanía del hogar y la soledad. Y sabe que su nostalgia es sólo de su juventud, de la novedad de todo lo que se encontraba en su periplo, es sólo de lo poco bueno que se encontró en el camino, no de todo lo malo que también fue mucho.

Porque cualquier tiempo pasado sólo fue anterior, nunca fue sólo mejor, no. El problema es que sólo nos acordamos por norma general de lo bueno. Y mientras vuelve a beber sabe que así es feliz, aunque el recuerdo de todo lo vivido no le abandona.

Y aquí hay una metáfora o algo de eso. Y a mí no me líen que sólo soy un bichólogo y tal. Hala, buena semana y eso.
Share/Save/Bookmark