22 de diciembre de 2011

Odio los hospitales (actualizado)

Los odio, pero mucho. Y mira que me pasé casi cuatro años trabajando en uno. Afortunadamente, estaba en una unidad en la que no veías pacientes ni por casualidad, como mucho su sangre (donde investigábamos y esas cosas), aunque te los tenías que cruzar cuando llegabas al lugar de trabajo o, incluso peor, en la cafetería mientras desayunabas.

No odio el llegar hasta ellos. Aparte de que actualmente hay un tranvía hipercaro e hiperinútil que no soluciona problemas de tráfico pero si económicos a los comisionistas de toda la vida, que te deja en la puerta del centro, tengo la suerte de tener tarjeta de aparcamiento de personal en ambos dos hospitales de Tenerife; bueno, en uno tengo de aparcamiento de la facultad de medicina, pero como está a 10 m del hospital, mejor aún, está más cerca incluso que el aparcamiento del centro hospitalario en sí. Y en el otro, pues sigo manteniendo la tarjeta de cuando allí curraba, así que se baja en coche, se saluda al segurita y pa' dentro, nada de mezclarse con la gente en el incómodo tranvía (¿he mencionado que los asientos del tranvía se ve que han sido diseñados por un enano con escoriosis? Con unos 188 cm que mido no hay ninguno en el que esté sentado cómoda y apropiadamente, la verdad).

Pues quitando eso, sí, odio los hospitales. ¿Y por qué, te preguntas, clavando en mi pupila tu pupila a saber de qué color? Por múltiples razones, entre las cuales destacaría al menos 5:

  1. Están llenos de gente. Desde que te acercas hasta que te vas. Paseando por los pasillos. Subiendo en los ascensores. Echándote un café. Bajando en las escaleras. Gente, gente, gente, gente, gente por todas partes. Pero esto puede ser peor, créanme, porque...
  2. ¡Mucha de esta gente está enferma! Tienen cosas que tú no sabes, porque no les ves ningún yeso ni vendaje ni nada, pero algo tienen seguro, virus que van esparciendo por el mundo cual semilla, bacterias chungas, parásitos innombrables. Es gente, son de lo peor, por lo que tendrán de lo peor, ¡y te lo pueden pegar! Ya sabes, guantes de vinilo (soy alérgico a los de látex) para apretar los botones del ascensor y, si puede ser, mascarilla. Y si no están enfermos, hay algo aún peor...
  3. ¡Muchos de los que entraron sanos a los hospitales salen enfermos! ¿Sabías cuál es la principal fuente de infecciones? Efectivamente, los hospitales.
  4. Además, quitando la gente, la gente enferma y las enfermedades, hay una cualidad especialmente desagradable de los hospitales que es la de deshumanizar a los pacientes. Ves a una persona con su bata chunga, su espalda al viento, su barba de dos días, etc..., y parece menos persona que en la calle, la verdad.
  5. Por último, por lo que odio aún más estos centros del demonio (y aún así necesarios) es el que cuando los visitas lo haces por algo concreto. A no ser que trabajes allí (en cuyo caso las cuatro anteriores razones se siguen aplicando), por norma general cuando visitas un hospital es o porque estás enfermo o porque alguien a quien quieres lo está. Y esto sólo es motivo suficiente como para odiarlos.
Hay más motivos para odiar estos centros de satanás, como podrían ser la prepotencia de ciertos profesionales sanitarios, las señoras que no tienen otra cosa que hacer, las ídem que llaman cada dos por tres doctor a quién por norma general no es sino un licenciado, el horrible color de las paredes, las visitas de la otra persona de la habitación, que siempre son muchas y habladoras, el horrible olor, la gente, uy, no esto ya lo he dicho, pero con la razón #5 me basta. Y la gente.

Odio los hospitales pero cosa mala, que lo sepan. Y el puto diciembre. Y la puta navidad. 

Pero por lo demás todo bien...

Actualización: hay una cosa que sí me gusta de los hospitales, lo reconozco, y es ni más ni menos que el pijama blanco, preferiblemente en enfermeras (o médicos) jovencitas. Esta depravación para nada oculta es fruto de mi estancia durante varios años en un laboratorio de investigación de la facultad de medicina. Tenía la inmensa suerte de que mi poyata estaba pegada a la ventana, de modo que trabajabas mirando a su través. Y más allá de la ventana estaba el césped que separaba medicina de la escuela de enfermería, césped donde los días de calor se tumbaban a coger el sol todas las niñas de enfermería, de qué manera, rrrrrrr. Eso y la fiesta del agua que hacían para recibir a los nuevos, en la que todas (supongo que algún tío habría también, pero yo no lo vi) acababan con el pijama empapado y pegadito, crearon una de mis perversiones favoritas, ains, cuanto morbo.

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Así que trabajabas en fisiología... Mmmm interesante... Seguro que coincidimos alguna vez en la cafetería de la facultad. XD

exseminarista ye-ye dijo...

Bueno, existe esa posibilidad, la de fisio, la del bar es una certeza :-D

Salud y tal anónimo anónimo.