28 de mayo de 2010

Cartas desde el siglo II (XXVI)

Decíamos la semana pasada: mira que es bobería la pelea entre judíos y cristianos.

Hoy nos iremos a los orígenes de los judíos.
45. ¿Quiénes son, en efecto, esos Judíos para justificarse con semejante arrogancia? Son escla­vos fugitivos de Egipto, que jamás hicieron algo de notable y que nunca destacaron en nada, ni por su número ni por su importancia. Para forjarse títulos de nobleza, intentaron hacer remontarse su genealogía a la primera familia de impostores y de vagabundos; invocan para tal efecto palabras oscu­ras y equívocas, envueltas en misterio y en tinie­blas, que comentan a su manera para los ignoran­tes y gentes débiles, sin que nadie, desde mucho tiempo ha, se haya acordado de discutir su inter­pretación, y acerca de las cuales, no obstante, ellos se querellan. Mientras tradiciones verdade­ras acreditadas entre los pueblos más antiguos, Atenienses, Egipcios, Arcadios, Frigios y otros, hacen salir a la primera generación humana del seno de la tierra, ellos, los Judíos, amontonados en un rincón de Palestina, que por ignorantes en letras, jamás habían oído que tales cosas habían sido contadas otrora por Hesíodo, y por otros muchos poetas divinamente inspirados, imagina­ron una historia muy increíble y muy grosera.  Dios habría fabricado con sus propias manos un hombre, habría soplado sobre él, habría sacado una mujer de una de sus costillas, les habría dado unos mandamientos, y una serpiente que contra ellos se había erguido, sobre ellos triunfó: buena fábula para las viejas, narración donde, contra toda piedad, se hace de Dios un personaje tan pobre desde el comienzo, que se muestra incapaz de hacerse obedecer por el único hombre que él mismo había formado.
Eso es así, incluso River, que no me hace ni puñetero caso, me obedece más que Adán a Dios.
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