2 de mayo de 2010

Cartas desde el siglo II (XXIV)

Decíamos hace cosa de un mes (que me despisto cosa mala): siendo omnisciente y omnipotente, qué falta hacía de bajar a la Tierra, amos hombre.

Y hoy seguimos con lo mismo, más o menos:

42.  El fin del mundo, el juicio final y la «parusía» son invenciones del mismo jaez: es un vano espantajo destinado a aterrorizar a las almas flacas, como los espectros y los fantasmas que hacen apa­recer en los misterios de Dionisos para impresio­nar las imaginaciones. Todo eso se fundamenta en viejas historias mal digeridas. Ellos oyeron decir que después de un ciclo de varios siglos, en el retorno de ciertas conjunciones de astros, se pro­ducen conflagraciones y diluvios. Ahora bien, como el último cataclismo que tuvo lugar en tiempos de Deucalión fue un diluvio, debiendo el orden del universo traer una conflagración, se ba­san en esto, sin otras razones, para sostener que Dios debe descender acá abajo armado de fuego para aplicar el juicio final.

43. Tomemos las cosas desde una perspectiva más elevada y razonemos un poco. No quiero ale­gar ninguna novedad; me apegaré a las ideas desde hace mucho tiempo consagradas. Dios es bueno, hermoso, feliz; es el supremo bien y la belleza perfecta. Si él desciende al mundo, sufrirá necesariamente un cambio: a su bondad le desa­grada la maldad, a su belleza la fealdad, a su felici­dad la miseria, a su perfección la infinidad de de­fectos. ¿Quién aspirará, pues, a tal cambio? Un cambio y una alteración de ésas son compatibles sin duda con la mortal naturaleza; mas la esencia inmortal permanece necesariamente idéntica a sí misma e inmutable. Por lo tanto, un cambio tal no podría convenir a un Dios. Una de las dos cosas: o Dios se modifica verdaderamente y efectivamente, como ellos dicen, en un cuerpo mortal: o bien, como acabamos de expresar, eso le es imposible; o entonces, sin cambiar efectivamente de naturaleza, lo hace de modo que parezca trans­formado a aquellos que lo ven, y entonces Él engaña o bien Él miente. Pero el embuste y la men­tira son siempre dignos de censura, a menos que se recurra a ellas como remedio para aliviar a amigos enfermos o con el espíritu desarreglado, o bien como un medio para desembarazarnos de nuestros enemigos. Pero Dios no tiene como amigos a personas enfermas y de espíritu desarreglado; y por otra parte, Él no tiene a nadie a punto de ser coaccionado a usar el embuste en caso de peligro.
¡A que tampoco sabías lo que era parusía! Qué útil me siento a veces ;-)

Venga, a ver si han terminado los subtítulos ya de una vez y me voy con el Doctor, que mola mucho más que el Nazareno.
Share/Save/Bookmark