5 de abril de 2010

Cartas desde el siglo II (XXIII)

Decíamos el mes pasado: pues déjame mirar que la verdad no me acuerdo, a ver, sí, terminábamos el libro 3 insistiendo en la sospechosa búsqueda de los incultos por parte de los cristianos y a lo que llevaba.

Y hoy empezaremos (¿por qué uso la primera persona del plural si sólo escribo yo? ¡Ah, vale!, yo y mis varias personalidades...) un nuevo libro, cuyo título me gusta bastante:
4. Objeciones contra la Encarnación, el antropomorfismo y la pretensión de los judíos de ser ellos el pueblo elegido.

41. Entre Cristianos y Judíos, están los que declaran que un Dios o un Hijo de Dios descenderá a la tierra para justificar a los hombres, otros que él ya vino: idea tan pueril que en verdad no necesita de un largo discurso para ser refutada.

¿Con qué designio iba a descender Dios acá abajo? ¿Sería para saber lo que pasa entre los hombres? ¿Pero no es él omnisciente? ¿O será que sabiéndolo todo, su divino poder está hasta tal punto limitado, que nada puede corregir si no viniese en persona o si no enviara expresamente un mandatario al mundo? Si se entiende que él debe descender en persona a la tierra, ¿le será entonces preciso abandonar la sede desde donde gobierna? Ahora bien, si se produjera la más li­gera mudanza, todo el universo se trastocaría. O viendo tal vez que los hombres lo desconocían y considerando que por eso algo le faltaba, ¿Él ha­bría tomado sumo interés en manifestárseles y experimentar por sí mismo y poner a prueba a los fieles y a los incrédulos? Eso sería atribuirle una vanidad muy humana, comparable a la de esos nuevos ricos empeñados en hacer ostentación de su riqueza, poco ha adquirida. Dios no necesita para su contento personal del hecho de ser cono­cido por nosotros. ¿Sería para nuestra salvación por lo que él quiso revelarse, a fin de salvar a los que, habiéndole reconocido, serán considerados vir­tuosos, y castigar a los que, habiéndole rechazado, manifestaran de este modo su malicia? Pero ¿qué? ¿Vamos a pensar que después de tantos siglos, Dios se haya preocupado de justificar a los hom­bres, de los que antes no se había preocupado? Es tener de Dios una idea bien poco concorde con la sabiduría y con la verdadera piedad.
Bueno, partiendo de la idea previa de que no hay dios, sí es verdad que Celso (y muchos por no decir todos sus contemporáneos) no era un ateo descreído como uno, pero no compartía la tonta idea del dios de los cristianos, ni de los judíos, claro, que para eso eran el mismo (y de los musulmanes porque aún no había aparecido Mahoma, porque también).
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