11 de marzo de 2010

Cartas desde el siglo II (XXI)

Decíamos ayer: hay multitud de cultos por ahí igual de respetables que el tuyo y, además, con mejores criterios de admisión, qué lo sepas.

Hoy veremos la injusticia que comete el dios de los cristianos al aceptar sólo a lo peorcito de la sociedad en su club:
38. Responderéis que Dios fue enviado para los pecadores. ¿Por qué no fue enviado también para los que no pecan? ¿Qué mal hay en estar exento de pecado? Que el injusto, decís, se humi­lle en el sentimiento de su miseria y Dios le esco­gerá. Pero ¿qué? Si el justo, confinado en su vir­tud, levantase sus ojos hacia Dios, ¿acaso seria rechazado? Los magistrados conscientes no per­miten que los acusados se alarguen en lamenta­ciones, por miedo a ver sacrificada la justicia en aras a la piedad. ¿Dios, en sus juicios, sería menos accesible a la justicia que a la lisonja? Ellos asegu­ran, y no sin justicia, que ningún mortal está exento de pecado. ¿Dónde está en efecto el hom­bre perfectamente justo e irreprochable? Todos son por naturaleza propensos al mal. Sería preciso apelar indistintamente a todos los hombres, visto  que todos son pecadores. ¿Por qué esa primacía concedida a los pecadores? ¿Por qué son ellos particularmente designados para la selección di­vina, antes que los demás? ¿Por qué esa primacía concedida a los menos dignos? ¿No será injuriar a Dios y a la verdad hacer así la aceptación de tales gentes? Sin duda atribuyen tal selección a Dios en la esperanza de atraer más fácilmente la clientela de los malos y porque no pueden conquistar a otros que no se dejen amañar. ¿Se diría que con esa indulgencia intentan mejorar a los malos? ¡Qué ilusión! A quienes el hábito fijó y endureció en la propensión al mal no suelen enmendarse ni por la fuerza, ni por la dulzura. Nada más difícil que cambiar radicalmente la naturaleza.

Es a los que no pecan a quienes corresponde una vida más feliz. En vano pretenden ellos salirse de las dificultades, afirmando que Dios todo lo puede: Dios no puede querer nada que sea in­justo. Ahora bien ¿no cometería Dios una suma injusticia, si se mostrase complaciente para con los malos, que conocen el arte de apiadarlo, y desamparase a los buenos, que ignoran esa astu­cia?
Siempre lo supe, alguien que te da un castigo eterno sin posibilidad de redención, en el caso de que existiera, no puede ser justo. Menos mal que no es el caso.
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