7 de marzo de 2010

Cartas desde el siglo II (XX)

Decíamos el día 2: milagros y trucos de magia ya hicieron otros antes que tú.

Hoy, veremos como el cristianismo es tan sólo uno más entre muchos de los cultos idólatras. Y de como sus bases se nutrieron de lo mejorcito de la sociedad, de los ignorantes.
36. Prestando culto a su supliciado, los Cris­tianos, en tal caso, no hacen más que los Getas con Zamoixis, los Cilicios con Mopsa, los Acarnanios con Anfíloco, los Tebanos con Anficraos, los Le­badianos con Trofonios. De la misma manera, los Egipcios elevaron altares a Antinoo y le prestan honras religiosas, sin pensar por eso en ponerlo al mismo nivel que a Zeus o a Apolo. ¡Tal es la virtud de la fe que se apaga al primer objeto que se presenta! Fue la fe ciega de la que están poseí­dos, la que creó ese partido de Jesús. De un ser que tuvo un cuerpo mortal hacen un Dios y pien­san que así obran con piedad. Su carne todavía era más corruptible que el oro, la plata o las piedras: estaba hecha del más impuro lodo. ¿Dirán acaso que despojándose de esa corrupción, él se tomó dios? Y ¿por qué no habríamos de decir lo mismo antes de Esculapio, de Dionisios o de Hércules? Ríense de los que adoran a Zeus, con el pretexto de que en Creta se muestra su sepultura, sin saber cuáles son las razones y cuáles las circunstancias que impelieron a los cretenses a declararlo dios, pero ellos, a su vez, adoran a un hombre que fue sepultado en su tumba.

37. He aquí algunas de sus máximas: «Lejos de aquí todo el que poseyera alguna cultura, al­guna sabiduría, o algún discernimiento; son mas recomendables nuestros ojos: pero si alguno fuera ignorante, simple, inculto, pobre de espíritu, que venga a nosotros con valentía».

Al reconocer que tales hombres son dignos de su dios, muestran bien claramente que no quieren ni saben conquistar sino a los necios, a las almas viles y sin apoyos, a los esclavos, a las pobres mujeres y a los niños. ¿Qué mal hay, pues, en ser un espíritu culto, en amar los conocimientos bellos, en ser sabio y en ser tenido por tal? ¿Será eso un obstáculo al conocimiento de Dios? ¿No serán otras tantas ayudas para alcanzar la verdad? ¿Qué hacen los charlatanes y los saltimbanquis? ¿Acaso se dirigen a los hombres sensatos para inculcarles sus tosquedades? No, pero si atisban en alguna parte un grupo de niños, de mozos de flete o de gente grosera, es allí donde implantan sus reales, estacionan sus industrias y se hacen admirar. Sucede lo mismo en el seno de las familias. Vense cardadores de lana, zapateros, rentistas, personas de la mayor ignorancia y desprovistas de toda educación, que en presencia de sus maestros, hombres con experiencia y adoctrinados, se guar­dan de abrir la boca; mas se sorprenden a la vez, en particular los niños o las mujeres que no tienen gran entendimiento, y se ponen a hacerles creer maravillas. Solamente es en ellos en quien deben tener confianza; padres, preceptores son locos que ignoran el verdadero bien y son incapa­ces de enseñarlo. Sólo ellos saben cómo se debe vivir; los niños se sentirán bien si los siguen, y, gracias a ellos, la felicidad visitará a toda la familia. Si, mientras peroran, se suma algún curioso, un preceptor o el propio padre, los más tímidos se callan: los desvergonzados no dejan de excitar a los niños a sacudir el yugo, insinuando con sordina que nada quieren enseñarles delante de sus padres o precep­tores, para no exponerse a la brutalidad de esa gente corrompida que los mandaría castigar. Los que apre­cian la verdad que dejen padres y preceptores, y vengan con las mujeres y los niños al gineceo, o a la tienda del zapatero, para así aprender la vida perfecta. Así es como se las arreglan para captar adeptos. No exagero, y, en mis acusaciones, en nada sobre­paso la verdad. ¿Queréis una prueba? En los otros misterios, en los ritos de iniciación, se oye procla­mar solemnemente: «Que se aproximen sólo los que tienen las manos puras y la lengua prudente», o incluso: «Venid, vosotros, que estáis libres de crímenes, vosotros cuya conciencia ningún re­mordimiento oprime, vosotros que vivisteis bien y justamente». Es así como se expresan los con­vocantes de ceremonias lustrales. Escuchemos ahora a qué canalla convocan los Cristianos a sus ceremonias y misterios: «Quien fuera pecador, quien no tuviera inteligencia, quien sea flaco de espíritu, en una palabra, quien sea miserable, que se aproxime, el Reino de Dios le pertenece». Ahora bien, al decir «un pecador», ¿qué se debe entender, sino un hombre injusto, o salteador , o derrumbador de puertas, o envenenador, o sacrí­lego, o violador de tumbas? Además de éstos, ¿qué otros pensará un jefe de ladrones reclutar para su tropa?
Y no digo yo que no sean personas humanas, nada más lejos de mi intención, pero no sé, si yo fuera a fundar un club tendría un poco más de exclusividad, ¿no?
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