2 de marzo de 2010

Cartas desde el siglo II (XIX)

Decíamos la semana pasada: pues vaya, a pesar de que dios es amor los cristianos no sólo se pelean con los judíos sino que también lo hacen entre ellos. Cuanta acritud.

Hoy veremos como se burlan de los dioses "paganos" sin darse cuenta de que al fin y al cabo el cristianismo también lo es:
34. Lo que hay de notable en su sociedad es que se les puede culpar de no haberla fun­dado en ningún principio serio, a menos que veamos como tal al espíritu de partido, a fuerza que de ahí se pueda derivar el temor de los de­más, porque ése es el fundamento de su comuni­dad. Enseñanzas esotéricas acaban por cimentarla, formados no se sabe por qué malos cuentos fabri­cados con viejas leyendas de las que llenan pri­mero la imaginación de sus adeptos, lo mismo que aturden con barullo de tambores a los que se inician en los misterios de los Coribantes. Ciertamente, no faltan en sus misterios bellos ritos exte­riores: más sucede como en los templos egipcios. Desde que nos aproximamos, vemos patios y bosques sagrados magníficos, amplios y hermo­sos vestíbulos, templos admirables con imponen­tes peristilos; mas si penetramos en el fondo del santuario, vemos que lo que se adora no pasa de ser un gato, un mono, un cocodrilo, un macho cabrío, o un can. Incluso, para los iniciados, hay en eso algo que no es ni vil ni frívolo. Esos sím­bolos, en efecto, no merecen el desprecio, porque son en el fondo un homenaje prestado, no a ani­males perecederos, como cree el vulgo, sino a ideas eternas. Los cristianos que se burlan del culto egipcio son unos ingenuos, porque lo que enseñan acerca de Jesús nada tiene de más su­blime que los chivos, los cocodrilos, o los canes de los templos egipcios.

35. Igualmente y sin razón se burlan de Cástor y de Pólux, de Hércules, de Dionisio y de Esculapio, sin admitir aceptarlos como dioses, porque, por muchos y muy brillantes servicios que hayan podido prestar a la humanidad, fueron primitivamente simples mortales; en cuanto que, por lo que respecta a Jesús, pretenden que des­pués de su muerte se apareció en persona a sus compañeros; en persona -debiera entenderse su simulacro o imagen, la pálida sombra de los muertos de que habla Homero- y pretenden, por eso, reconocerlo como Dios. Tales aparicio­nes póstumas son moneda corriente en todas las literaturas. Aristeo de Proconesia, después de haber milagrosamente desaparecido, se dejó en se­guida ver en varios lugares y según diversos testimonios. El propio Apolo había recomendado a los habitantes del Metaponto que lo pusieran en­tre el número de los dioses; todavía nadie lo toma hoy por tal. Igualmente nadie considera hoy como un dios al hiperbóreo Abaris que poseía incluso el poder prodigioso de transportarse de un lugar a otro con la rapidez de una flecha. Tampoco nadie considera como dios a Hermitomo el de Clazomene, de quien, entre otros rasgos sorprendentes, se cuenta que su alma, escapándose del cuerpo al que daba vida, erraba de acá para allá sola y libre. Ni consideran dios a Cleomanes el de Astiipaleia quien, encerrado en una caja tapada y claveteada, no fue encontrado en ella: los que partieron la caja verificaron que se había volatilizado por efecto de algún poder maravilloso. Y se podrían citar muchas otras historias de este género.
¿¡Qué se apareció después de muerto (si es que de verdad lo hizo)!? Pues no fue el primero ni sería el último, amoshombre, y no por eso adoramos a los otros.
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