28 de febrero de 2010

No sé que tienen los domingos por la tarde

Es curioso, cuando se conjugan domingos por la tarde y final de mes, lo que afortunadamente sucede más bien poco, noto que me invade una cierta melancolía. Ésta es completamente independiente de lo bien que haya pasado el fin de semana (por poner un ejemplo, no me puedo quejar absolutamente nada de éste) o de lo ajetreado que vaya a ser el lunes o la semana que empieza (que en mi caso va a ser más bien relajadita, ya no sólo por lo típico de "los lunes al sol", y los martes, y los miércoles..., sino también porque me han hecho una oferta que no me da la gana rechazar e implicará, si las cosas llegan a buen puerto, desaparecer del mundo durante casi toda ella, así que si ven que no escribo, ni voy por los bares, ni me ves mientras paseas al perro va a ser por eso, o no, o yo qué sé; a ver si cuaja...).

Además, te pones a pensar, grave defecto que aún no he conseguido eliminar por completo, pero dame tiempo..., y te das cuenta de que ya han pasado, así como quién no quiere la cosa, dos meses completos de este 2010. ¡Por el Nota, si ayer estábamos comiéndonos las uvas y pasando la resaca de año nuevo con un buen caldo!, no de gallina, no, sino de los de la Ribera del Duero, o del Priorato, o de Tacoronte-Acentejo, que uno para eso tiene buena boca. A este ritmo y cuando menos nos demos cuenta ya estaremos en otoño haciendo los planes para la entrada de la nueva década, tontería donde las haya porque al fin y al cabo todos los años hacemos lo mismo.

En fin, menos mal que no hice propósitos para este año pues a esta velocidad no habría podido llevar a cabo ninguno. Bueno, vale, sí los hice, pero eran lo suficientemente inconcretos como para no acordarme de ellos dentro de 10 meses.

Pero dejo de irme por las ramas. Aprovecho dicha melancolía para dejar colgadito un tema de un autor que me trae grandes recuerdos. Grandes y divertidos porque en la época en que Rantamplán intentaba convencernos al Dr. Octopuss, Pitercantropus y a mí de que este autor era lo más grande sólo podíamos responder partiéndonos de risa revolcándonos en el suelo, pues algo tan absolutamente melancólico-depresivo no podía ser bueno; gran época aquélla, con baños radiactivos (de verdad de la buena, de los de contador Geiger, no es en plan metáfora), gente que no sabía ponerse los condones (le apretaban un huevo), fiestas de las que el abstemio del grupo (hola Vespi) llegaba a decir "nunca jamás, de verdad de la buena, les había visto tan desfasados" con cara de susto (y es posible que no nos haya vuelto a ver tan desfasados en los poco más de 10 años que han pasado), civilizaciones surgiendo en los sumideros del patio de la casa, risas muchas a cuenta del Ulises, inversiones de futuro hechas en el pasado por fin recogidas ;-) etc... En fin, cualquier tiempo pasado fue anterior. La verdad es que las historias que vivimos en esa casa darían ya no para una entrada sino para libros enteros.

Pues eso, ahora miro hacia atrás y pienso en las vueltas que te da la vida y como te cambian los años. Y es que, como suele pasar, me acabó gustando ese autor melancólico-depresivo, así que como decía antes de dispersarme (de nuevo) en el párrafo anterior ahí les dejo un temita de Jay-Jay Johanson, de los Johanson de toda la vida. Porque ya que la melancolía no se me va a quitar al menos me revuelco en ella, ya sabes, si no puedes con tu enemigo blablabla..

Joer, y encima Mapoto sigue sin hablar de tetas. La verdad es que no sé para qué ha vuelto.

Feliz semana y eso. O no. O yo qué sé.


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2 comentarios:

Kely O dijo...

Me encanta Jay Jay precisamente por ser tan melancólico y depresivo, asín soy yo. Ya contarás cuál es esa oferta...

exseminarista ye-ye dijo...

Y al mismo tiempo que melancólico-depresivo es también optimista (en el fondo).
Y a ti qué coño te importa (lo siento, tenía que decirlo, tú lo habrías hecho ;-)