22 de febrero de 2010

Cartas desde el siglo II (XVII)

Decíamos allá por el viernes: resucitar ya lo hicieron antes y según dicen sólo te apareciste al par de histéricos.

Pues que él, que era todo amor, después de resucitar se dedicó a amenazar sin convencer y eso...
29 ¡Oh Altísimo! ¡Oh Dios del Cielo! ¡Qué Dios al presentarse a los hombres, los deja incrédulos, sobre todo cuando aparece en medio de aquellos que suspiran por él! ¿Cómo no habría de ser reconocido por aquellos que lo esperan desde hace mucho?

30. ¡Y qué decir de su carácter irritable! ¡Tan pronto las imprecaciones como las amenazas! ¿Qué decir de sus «¡ay de vosotros!» y de sus «yo os anuncio...»? Al usar tales frases confiesa clara­mente que es impotente para persuadir; y esos medios no convienen nada a un Dios, ni siquiera a un hombre de sentido común.

31. Y todo esto lo sacamos de vuestras pro­pias escrituras: no tuvimos que acudir a otros tes­timonios contra vosotros. Os bastáis vosotros para refutaros a vosotros mismos.

32. Sí, con certeza, tenemos esperanza de que resucitaremos un día corporalmente y gozaremos de inmortalidad, y que el Mesías que esperamos, será el modelo y el iniciador de esta vida nueva, y manifestará que nada es imposible a Dios. Pero ¿dónde está él a fin de que lo veamos y lo reco­nozcamos? ¿Si era aquél que nos propusisteis, no habría descendido a la tierra sino para hacer in­crédulos? No, fue solamente un hombre. La experiencia nos obliga a verlo así y la razón nos con­vence de ello.
Y con esto acabamos el Libro Primero en el que un judío les echaba la bronca (y no creía nada) a los cristianos. La próxima vez más, para variar.
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