17 de febrero de 2010

Cartas desde el siglo II (XV)

Decíamos el lunes: qué chiquito dios, que ni se salva, ni castiga, ni convence...

Y hoy, continuaremos con su poco poder de convicción y otros avisos que supuestamente dejó:
25. Si pensáis que basta alegar, para vuestra justificación, absurdas razones, os engañaríais ri­dículamente; ¿qué es lo que impide considerar a todos los que fueron condenados y abandonaron la vida de una manera aún más desdichada, como los mayores y los más divinos enviados? De un ladrón y de un asesino supliciados, se podría decir con evidente igual descaro: «No fue un criminal, sino un Dios, porque predijo a sus cómplices que soportaría lo que padeció».

26. En el discurrir de su vida acá en la tierra, todo lo que pudo hacer fue atraerse hacia sí a una docena de marineros y publicanos, y aún así no consiguió conciliarlos a todos. Pero éstos, que vi­vían familiarmente con é1, que oían su voz, que lo tenían por maestro, cuando lo vieron torturado y muriéndose, no quisieron ni morir con él, ni mo­rir por él; olvidaron el desprecio por los suplicios; es más, negaron que eran discípulos suyos. Sois vosotros hoy los que queréis morir con él. Mas ¿no será el colmo del absurdo: viviendo él no puede convencer a nadie; muerto, le basta querer para convertir a multitudes?

27. ¿Qué razones os autorizaban a creer que él era Hijo de Dios?

--Y, decís, porque él sufrió el suplicio para destruir la fuente del pecado.

--Pero ¿no hay millares de otros que fueron ejecutados, y no con menos ignominia?

--Es que él curó cojos y ciegos, y además, resu­citó muertos.

--¡O luz y verdad! De su propia boca, según vuestros propios labios, ¿no os anunció él que otros se os presentarían, usando los mismos pode­res, y que no pasarían de malos e impostores; y no habla él de un cierto Satanás, que le imitará los prodigios? ¿No es dar a entender que esos prodi­gios no tienen nada de divino, sino que son fruto de prácticas impuras? Proyectando sobre los otros la luz de la verdad, él se confundió a la vez a sí mismo. ¡Qué pobreza deducir de unos mismos actos, que éste es un Dios y aquellos unos charla­tanes! ¿Por qué entonces, a propósito de unos mismos hechos y siguiendo su propia confesión, acusar de perversidad a otros y no a él? Atengá­monos a su testimonio: él reconoció que los pro­digios no son la marca de una virtud divina, sino el indicio manifiesto de la impostura y la perversi­dad.
Pues ciertamente, cualquier otro que también haya ido a Hogwarts también podría ser el hijísimo. O Satán. ¿Tú quién eras?
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