11 de febrero de 2010

Cartas desde el siglo II (XIII)

Decíamos...: siempre han estado equivocados, realmente fue Jesús el traidor y el pobre Judas, ¡hala, ahorcándose y todo!

Hoy, retomando un poco un hilo anterior, vemos como apenas 100 años después ya se califican los hechos como mitos; luego nos llaman rojos peligrosos a los que decimos lo mismo 2.000 años después...
20. La verdad es que todos estos pretendidos hechos no pasan de ser mitos, que vuestros maestros y vosotros mismos fabricasteis, sin con­seguir siquiera dar a vuestras mentiras la aparien­cia de verosimilitud, si bien es de pública notorie­dad que muchos de entre vosotros, semejantes a ebrios que levantan la mano contra sí mismos, han modificado a su modo tres o cuatro veces, y aún más, el texto primitivo del Evangelio, a fin de refutar lo que así objetaban.

21. En vano alegáis las profecías: hay una infi­nidad de otros personajes, a los cuales ellas se podrían aplicar con más justo título. Es la venida de un gran monarca, señor de toda la tierra, de todas las naciones y de todos los ejércitos, lo que los profetas anunciaron, y no la de tal flagelo. Además, cuando se trata de Dios o del Hijo de Dios, no es con tales indicios, en equívocas exé­gesis, en tan pobres testimonios que nuestra cre­dibilidad podría escorarse. Como el sol al iluminar el Universo es testimonio de sí mismo, así debería ocurrir con el Hijo de Dios.

22. En vano, con abuso de sutileza, identifi­casteis al Hijo de Dios con el Logos divino. De hecho, en lugar de ese puro y santo Logos, sólo nos presentáis a un individuo ignominiosamente conducido al suplicio, vejado. Nosotros también, nosotros os aprobaríamos, si fuese el Verbo de Dios lo que contemplaseis como su hijo: pero ¿cómo reconocerlo en ese charlatán y en ese ghetto? La genealogía que le fabricasteis y que partiendo del primer hombre hace descender a Jesús de viejos reyes, es una obra prima de or­gullosa fantasía. La mujer del carpintero, si hu­biese tenido semejantes antepasados, no lo habría sin duda ignorado.
Vaya, vaya, ¿así que cambiaban los evangelios a su gusto, sólo 100 años después? ¿No era palabra de dios?
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