8 de febrero de 2010

Cartas desde el siglo II (XII)

Decíamos el otro día: dicen tus discípulos que lo habías previsto todo; ya puestos, podrías haberlo dejado por escrito en un sobre lacrado ante notario, me digo yo.

Pues mirándolo bien, resulta que el traidor no fue Judas sino el mismo Jesús, ¡qué mala gente!
18. Mas Jesús que predijo todas esas cosas era Dios; era preciso pues que todo lo que tenía él previsto y había profetizado ocurriera. ¡Un Dios habría inducido a sus propios discípulos, con los cuales repartía el pan y el vino, en ese abismo de impiedad y de perversión, él que había venido para bien de todos los hombres y, especialmente, más que a los demás, a aquéllos con los que había tenido un banquete cotidiano! ¿Dónde se vio a alguien urdir traiciones a sus anfitriones? Pues ahora, en este caso, es el comensal de un Dios el que le tiende celadas; y, lo cual repugna aún más, el propio Dios tiende emboscadas a sus compañeros y los convierte en traidores e impíos.

19. Si todo esto aconteció porque él lo quiso, si fue para obedecer a su padre y por ello soportó ser crucificado, es claro que ese accidente, afec­tando a un Dios que se le somete libremente, no puede causarle ni dolor ni tormento. ¿Por qué suelta entonces lamentos y gemidos y suplica que el tormento que le atemoriza le sea evitado?:

«¡Oh, padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz!»
Pues sí que es verdad, un poco contradictorio resulta...

Y sigue lloviendo, bueno, más bien chispeando :-) (iba a decirlo en la entrada anterior, pero se me olvidó).
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