6 de febrero de 2010

Cartas desde el siglo II (XI)

Decíamos, déjame ver, el martes (como pasa el tiempo, que de pronto son años sin estar tú por mí, detenido...): parafraseando a Les Luthiers, si uno de tus mejores amigos te vende por 30 monedas de plata, desconfía de su amistad.

Y hoy, profundizaremos en la divinidad del ecce homo:
17. Sabemos cómo acabó él, la defección de los suyos, la condena, las sevicias, los ultrajes y los dolores del suplicio. Estos hechos ciertos, que no es posible disfrazar, y no conseguiréis sostener que tales provocaciones fueron apenas vana apa­riencia a los ojos de los impíos, y que en realidad él no sufrió. Confesáis ingenuamente que él en efecto sufrió. Mas la imaginación de sus discípulos encontró una hábil escapatoria: Había previsto y predicho él mismo todo lo que le aconteció. ¡Qué bella justificación'. Es como si, para probar que un hombre es justo, se demostrase que cometió in­justicias; para probar que es irreprochable, se de­mostrase que vertió sangre; para probar que es inmortal, se certificase que murió, argumentando que él había previsto todo eso. Pero ¿qué dios, qué demonio, qué hombre de sentido común, sa­biendo anticipadamente que tales males le amena­zan, no los evitaría si tuviese medios, en vez de entregarse con cabeza humillada a los peligros que previa? Si Jesús predijo la traición de uno, la ne­gación de otro, ¿cómo osaron el uno traicionar, el otro negar a aquel que sabían debían temer como a un Dios? Sin embargo, lo traicionan, lo reniegan sin la menor aprensión.
Un hombre contra el que Conspiran, si lo sabe, se anticipa a los conjurados, los hace por eso mismo cambiar de designio y se pone en guardia. Esos acontecimientos no ocurrieron pues porque hubieran sido predichos. Es imposible que perso­nas avisadas con antelación hubiesen persistido en traicionar o renegar.

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