2 de febrero de 2010

Cartas desde el siglo II (X)

Decíamos ayer: pues que resulta que eres un apóstata, anticuado y crédulo, que lo sepas.

Vaya, vaya, resulta que como dios eres un poco desastroso y eligiendo amigos, no te digo...
16. Los que creen en Cristo atribuyen a los Judíos el crimen de no haber recibido a Jesús como a Dios. Pero ¿cómo nosotros, que habíamos enseñado a todos los hombres que Dios debía de enviar acá a la tierra al ministro de su justicia para castigar a los malos, cómo íbamos a ultrajarlo a su llegada? ¿Habría sido conveniente tratar con ig­nominia a aquel, cuyo advenimiento habíamos predicho y deseado? ¿Con qué finalidad? ¿Para atraer sobre nosotros un torrente de cólera di­vina? Mas ¿cómo recibir como Dios a aquel que, entre otros agravios atribuidos, nada hizo de lo que había prometido? ¿Quién es el que, acusado, juzgado, condenado al suplicio, vergonzosamente fue preso gracias a la traición de los mismos a los que llamaba sus discípulos? ¿Sería propio de un Dios dejarse atar y conducir como un criminal? Mucho menos aún convenía a un Dios el ser abandonado, traicionado por sus próximos, que lo seguían como a un maestro y veían en él al Me­sías, hijo y mensajero del gran Dios. Un buen general que manda miles de soldados jamás en­cuentra un traidor entre ellos; lo mismo sucede con un miserable jefe de salteadores que comanda a hombres perdidos, en cuanto éstos tienen su lucro conseguido; pero Jesús, traicionado por sus propios compañeros, no supo hacerse obedecer como un buen general; ni siquiera después de ha­bérselos ganado -quiero decir a sus discípulos- no consiguió inspirarles la dedicación que un jefe de salteadores consigue de su cuadrilla.
Hay un grupo del féisbuk que viene a decir "si Jesús con 12 amigos tenía un traidor, tú con 300 en el perfil..." o algo así, o yo qué sé.
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