30 de enero de 2010

Cartas desde el siglo II (VII)

Decíamos antesdeayer: pues parece que al final nadie vio el palomo encima de Jesús en el río Jordán.

Y hoy hablaremos de los Reyes Magos. Y de Herodes, ese gran hombre.

11. Cuentas que algunos caldeos, no pudiendo contenerse ante el anuncio de tu naci­miento, se pusieron en camino para venir a ado­rarte como Dios, cuando aún estabas en la cuna; cuentas que dieron la noticia a Herodes el Te­trarca, y que éste, temiendo que tú usurpases el trono cuando fueses mayor, hizo decapitar a todos los niños de la misma edad, para hacerte perecer infaliblemente. Pero, si Herodes hizo eso movido por el temor de que más tarde ocupases su lugar, ¿por qué tú no reinaste, cuando llegaste a ser ma­yor? ¿Por qué te vieron entonces, a ti, Hijo de Dios, vagabundo de infelicidad, doblegado por el pavor, desamparado, recorriendo el país con tus diez o doce acólitos reclutados entre la ralea del pueblo, entre publicanos y marineros sin heredad ni hacienda, y ganando precariamente la subsis­tencia? ¿Por qué fue preciso que te llevasen para Egipto? ¿Para salvarte del exterminio de la es­pada? Pero un Dios no puede temer a la muerte. Un ángel vino a propósito desde el cielo para or­denarte a ti y a tus padres la huida. El gran Dios que ya se había tomado la molestia por ti de en­viar dos ángeles, ¿no podía entonces proteger a su propio hijo en su propio país?

Las viejas leyendas que narran el nacimiento divino de Perseo, de Anfión, de Eaco, de Minos, hoy ya nadie cree en ellas. Por lo menos dejan a salvo cierta verosimilitud, pues se atribuyen a esos personajes acciones verdaderamente grandes, ad­mirables y útiles a los hombres. Pero tú ¿qué hi­ciste o dijiste hasta tal punto maravilloso? En el Templo la insistencia de los Judíos no pudo arran­carte una sola señal que pudiera manifestar que eras verdaderamente el Hijo de Dios.

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