25 de enero de 2010

Cartas desde el siglo II (III)

Decíamos ayer: pues parece que en algo no han cambiando en casi dos milenios, hay que ser ignorante y no pensar para sentir la llamada...

Hoy continuamos con el origen del cristianismo, el judaísmo.
Si ellos estuvieran de acuerdo en responderme, y no en que ignore lo que dicen -porque en ese aspecto ya estoy enteramente informado- todo iría bien, puesto que yo no les quiero particularmente mal. Pero se niegan y se esconden escudán­dose en su fórmula habitual: «No examinéis...etc.», pero es preciso al menos que me digan cuáles son en el fondo esas bellas doctrinas que traen al mundo y de dónde las han sacado.

Las naciones más venerables por su antigüedad están de acuerdo entre sí en los dogmas fundamen­tales, es decir, en las opiniones más comunes. Egipcios, Asirios, Caldeos, Indios, Odrisos, Persas, Samotracios y Griegos tienen tradiciones poco más o menos semejantes. Es en esos pueblos donde se debe buscar la verdadera fuente de la sabiduría, que en seguida se esparció por todas partes en todas direcciones por mil senderos y riberas. Sus sabios, sus legisladores, Lino, Orfeo, Museo, Zoroastro y otros, son los más antiguos fundadores e intérpretes de estas tradiciones y ellos son los verdaderos patronos de la Cultura toda. Nadie piensa en contar a los judíos entre los países de la civilización, ni en conceder a Moisés honras semejantes a las concedidas a los más antiguos sabios. Las historias que contó a sus compañeros son propias de su carácter y nos aclaran plenamente quién era él y quiénes eran ellos. Las alegorías mediante las cuales intentaron acomodar sus historias al buen sentido común son insostenibles: nos revelan que las plantearon con más complacencia y bondad que espíritu crítico. Su cosmogonía es de una puerilidad tal que sobrepasa todos los límites. El mundo es mucho más hermoso de lo que Moisés cree; y, de las diversas revolucio­nes que trastocaron el mundo, tanto conflagraciones como diluvios, él sólo oyó hablar de uno de estos últimos, el de Deucalión (al que Moisés llama Noé), y cuyo recuerdo por ser más reciente hizo caer en olvido los diluvios precedentes. Es por ha­berse instruido entre pueblos y naciones sabias y doctos personajes, de quienes tomó lo que estableció de aprovechable entre los suyos, por esa razón Moisés usurpó el título de «hombre divino», que los judíos le conceden. Estos habían ya tomado de los egipcios la circuncisión. Los judíos, pastores de cabras y ovejas, comenzaron a seguir a Moisés, y se dejaron fascinar por imposturas dignas de campesi­nos y hasta admitieron que existe un solo Dios, al que ellos llaman el Altísimo, Adonai, Celeste, Sa­baoth, o cualquier otro nombre que les plazca; poco importa por lo demás, la denominación que se conceda al dios supremo: Zeus le llaman los griegos, o cualquier otra, como los egipcios o los indios. Además, los judíos adoran a los ángeles y practi­can la magia, en la que Moisés fue el primero en darles ejemplo. Pero ya tocaremos estos asuntos, con más detención, en ulteriores páginas.
Sí, ya volverá al tema de los judíos, pastores de cabras y para nada modelo de sapiencia. Y de esos polvos...
Share/Save/Bookmark

No hay comentarios: