28 de enero de 2010

Anoche parece que llovió

Si no ha amanecido aún es anoche, ¿no? En ese caso lo confirmo: anoche llovió. Hacía tiempo que no paseaba por La Laguna bajo la lluvia; tampoco era el diluvio que dicen que caerá este fin de semana, pero era bastante más que un chipi-chipi. Vamos, no mojaba pero empapaba. Además, la ropa que llevaba no era la más adecuada para el momento, chaqueta abrigada, acolchada, calentita, pero de lona, que a poco que caiga algo fuerte se empapa, bufanda, porque el frío pelaba desde el mediodía y los all stars, que me gustarán todo lo que quieras pero en nuestras aceras aseguran más de un resbalón a no ser que pises firme (y lento); como mis gorras se las acabé regalando a A. y P., por suerte ayer no caí en el error de raparme como tenía previsto, por lo que al menos la cabeza en sí se mantuvo seca (demasiado pelo).

Tampoco me disgustaba especialmente mojarme. Aunque como dije hacía frío desde el mediodía en cuanto empezó la lluvia subió ligeramente la temperatura. O eso, o que empezó a llover cuando salí de casa de H., en la que ambos prolongamos lo que ya había sido una noche de palique hablando durante unas cuantas horas más; quizás el Arehucas contribuyó algo al aumento de temperatura, no lo descarto. No creo que solucionáramos nada, pero echaba de menos hablar con ella como hacía tiempo que no lo hacíamos; por lo menos nos desahogamos, nos dispersamos e, incluso, nos reímos alguito. Y así, poco a poco, se hizo casi hoy. Pero hoy teníamos responsabilidades diversas (unos más que otros, claro), así que a una hora prudente, esa hora que aún no sé como calificar, en la que se huele el día pero aún no ha aparecido, en la que mientras paseas te cruzas con gente recién levantada, apresurada, con no muy buen humor y cara de odiar el sitio al que se dirigen, decidimos que ya era hora de dejarlo por ayer, u hoy.

Podía haber bajado hasta casa por el camino más recto, no más de 500 metros, 10 minutos a paso lento para no resbalar. Me habría mojado lo mínimo, en la mitad del camino hay soportales en los que cobijarse. Pero me apetecía pasear. Me apetecía recorrer el casco bajo la lluvia; hace unos cuantos años que no lo hacía. Tampoco tenía prisa y la lluvia es algo que nunca me ha molestado especialmente, más bien todo lo contrario. Debo reconocer que es algo que prefiero hacer dos o tres horas antes, en ese tramo de la noche en el que por La Laguna sólo te tropiezas muy ocasionalmente con algún trasnochador más o menos apresurado, en función de su ingesta de alcohol. Pero aún así no era mala hora, no. Herradores era casi mía, en La Carrera sólo tropecé con dos curritos, bueno, más que tropezar me adelantaron a buen paso. El Adelantado, aunque le falte el encanto del Mercado, era sólo para mí, sin los incómodos compradores tempraneros.

No dudo que alguno de los que me crucé esta madrugada pensaría lo peor (o lo mejor) de mí, de un tío que en medio de la calle va a paso lento, sonriendo y empapado, no lo dudo. Pero sí es verdad, disfruté de esa hora y pico de vagabundeo; el cuerpo mojado es algo que se soluciona con una buena toalla, el frío se resuelve con una estufa y un forro polar, pero la sonrisa con la que llegué a casa gracias a conversar con una buena amiga (y no digo que fuera una conversación especialmente agradable para ninguno de los dos, pero los momentos de intimidad compartida enriquecen mucho más que cualquier buen salario) y gracias al lento deambular en uno de los cascos urbanos españoles mejor diseñados para ello, esa alegría con la que te desvistes, te secas, te abrigas y fumas el primer cigarro en seco tras el par de horas, hacía tiempo que no la sentía.

Dicen que lloverá este fin de semana, pero cada experiencia es irrepetible. Y cada momento es para disfrutarlo, ¿te has dado cuenta de que se van, de que no vuelven, de que o dejan huella o no existieron nunca?

Exseminarista (pensando que necesito desvariar un poco más, hace tiempo que no lo hago :-P )
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