7 de junio de 2009

Seguimos hablando de sexo

Hace tiempo que no le anarroseo nada a El Gran Wyoming en su columna Asuntos & Cuestiones del diario Público, así que hoy les cuelgo la última que, como casi todas, me ha gustado:

La obsesión por el sexo.

Los señores del Foro de la Familia deben dedicar muy poco tiempo a las suyas, ya que desarrollan una actividad trepidante. Puede ser esa carencia la que les ha conducido a un estado de permanente inseguridad, a vivir al borde del abismo psicopatológico. Así, frente a cualquier tentación, creen que sus retoños se entregarán sin recato a la promiscuidad, el divorcio, la homosexualidad, la interrupción del embarazo, el cambio de sexo, el uso indiscriminado y sistemático del preservativo y a la ingesta día sí, día también, de la píldora del día después, con el consiguiente descalabro hormonal, paralelo a una disgregación total de la personalidad.

Estos señores no deben estar muy seguros de la solidez de la educación que dan a sus hijos si, ante la promulgación de una ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, entienden que todos se van a hacer homosexuales. Por eso hablan de “ataques a la familia”. Para ellos, la única razón por la que alguien elegiría casarse con una persona del otro sexo es que no le quedara más remedio.

Este esquema de pensamiento parece entrañar una homosexualidad latente, puesto que convierte la posibilidad de elección en negación de su situación actual. Cuando alguien entiende que si no se reprime la homosexualidad se convierte en una plaga generalizada, su inconsciente está delatando qué es lo que él prefiere. Deberían definir su sexualidad en lugar de intentar generar una alarma social paranoide. A lo mejor no es demasiado tarde para encontrarse a sí mismos y salir de ese gigantesco armario de sacristía donde cohabitan con fantasmas sodomitas, traumas y polillas. Sería un gran triunfo del amor.


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