3 de abril de 2009

Razón y (mala) fe

Es el título de la columna de Carlo Frabetti en la sección La ciencia es la única noticia del Público de hoy, que por su interés (al menos para mí) paso a anarrosearles:

Quienes intentan criminalizar el aborto, llegando incluso al extremo de considerarlo un asesinato, lo hacen desde el supuesto de que un feto es una persona de hecho y de derecho. ¿Tiene alguna base esta creencia? ¿Merece algún respeto? No más que la astrología o el animismo. Atribuirle “personalidad” (condición de persona) a un embrión humano es tan insensato como pensar que la posición de los astros rige nuestro destino o que los árboles y los ríos tienen conciencia. Un católico puede creer que Dios nos insufla un alma inmortal en el momento de la concepción y que el aborto es un pecado, una alteración de los designios divinos. Pero no puede sostener, si no es desde el irracionalismo más obtuso, que un feto es una persona a la que se asesina al abortar. Al ser humano se lo define como animal racional, y la Iglesia acepta esta definición. Sin raciocinio no hay conciencia, no hay existencia psíquica propiamente dicha. Cogito ergo sum [pienso, luego existo] no es la máxima de un ateo, sino la de un gran pensador cristiano.

Por la misma razón, desconectar a un enfermo terminal en estado vegetativo irreversible puede ser, para un creyente, una ofensa a un Dios que se reserva en exclusiva el derecho de dar y quitar la vida y de administrar el sufrimiento, pero no un asesinato. Un Dios arbitrario y cruel, dicho sea de paso; pero allá cada cual con sus creencias. Siempre, claro está, que esas creencias no intenten imponerse a los demás e invadir ámbitos extrarreligiosos, como el código penal o la deontología médica. ¿Qué pasaría si los testigos de Jehová, que no admiten los trasplantes de órganos ni las transfusiones de sangre, boicotearan activamente estas prácticas? ¿Y si los musulmanes se manifestaran delante de los bares?

Preferiría hablar de temas más interesantes, pero una de las principales funciones socioculturales de la ciencia, y muy especialmente de la divulgación científica, es la defensa de la razón en un mundo en el que el irracionalismo dista mucho de haber sido superado. Cuando el máximo líder espiritual de una religión cuyos fieles se cuentan por cientos de millones prohíbe el uso del preservativo, llegando al extremo de afirmar que no evita la transmisión del VIH y que incluso puede ser perjudicial, dicho líder espiritual y quienes lo secundan no solo no merecen el menor respeto, sino que deben ser combatidos con el mismo rigor, y por los mismos motivos, que quienes contribuyen a la propagación de epidemias o de intoxicaciones masivas.


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