16 de agosto de 2008

Derecho a la vida

Está muy bien la columna de Javier Ortiz en Público hoy, por lo que procedo a anarrosearla (ya sé que son igual de vagos que yo, por lo que si pongo sólo el enlace no irían; la pereza de agosto, tú sabes, mi amol :-)

¿Sí a la vida?

El PP de la Comunidad Valenciana prepara su Congreso regional. En él se aprobarán varias ponencias, entre ellas una titulada Sí a la vida, cuyo texto ha sido encargado a la portavoz popular en la alcaldía de Elche, Mercedes Alonso.

He oído en una radio a la señora Alonso defender la idea rectora de su ponencia. Me he quedado sorprendido por el arrollador esquematismo del que da prueba. Al parecer, según ella, hay que estar a favor de la vida siempre, en todo caso y en cualquiera de sus formas. Deja tan escaso resquicio a las ideas opuestas al título de su ponencia que es como para sospechar si no estará financiada por algún lobby de mosquitos, tábanos y avispas.

¿Sí a la vida? Depende. Como todos los absolutos, ése también hay que relativizarlo. Y no sólo porque haya formas de vida la mar de detestables (sin ir más lejos, las células cancerígenas están vivas, lo mismo que los virus), sino también porque hasta las expresiones más nobles de vida es bueno que recorran su ciclo de origen, evolución y muerte. Cuidado que yo he llorado la desaparición de personas muy próximas y estimables –algunas realmente excepcionales–, pero no veo dónde podríamos meternos todos si la gente valiosa se quedara entre nosotros per in sæculam sæculorum. Hasta en las tumbas hay que ir dejando sitio a los más jóvenes, como bien apuntó Georges Brassens.

Somos rehenes del fetiche judeocristiano de la vida eterna. ¿A cuento de qué nuestra vida ha de ser eterna hacia el futuro pero no hacia el pasado? ¿Por qué parajes andaría mi alma inmortal allá por el siglo 200 antes de Cristo? Pues por el mismo lugar, supongo, por el que deambulará dentro de 200 siglos: por la nada. Gracias a Dios. Si no, qué cansancio.

Quienes convivimos con el agro lo vemos estación tras estación: todo nace, crece, madura, marchita y muere. Con mayor o menor esplendor, con distinta belleza, con una u otra utilidad. O estorbando, incluso. La vida no tiene más sentido que el que le damos quienes la sobrellevamos.

Por cierto: va a hacer 40 años del día en que Ramón Sampedro se estrelló contra unas rocas y quedó tetrapléjico.

¿Sí a la vida, señora Alonso? ¿A qué vida?


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