14 de febrero de 2008

A mí tampoco me da pena María San Gil (editado)

Estoy completamente de acuerdo con Ricardo Royo-Villanova, de A Sueldo de Moscú, al que le anarroseo el post completo, para evitarles la cansada tarea que supone picar con el botón derecho sobre el enlace, darle a "abrir nueva pestaña" y leerlo en su sitio original; eso sí, como no he visto noticias por la tele (ni la tele en sí) en los últimos días, todo mi conocimiento se basa en la noticia escrita, así que no sé realmente si hubo intento de agresión o si sólo la increparon. Si estamos en el primer caso, intento de agresión, pues me parece mal, oiga, que le vamos a hacer, aunque de extremaderecha sigue siendo una persona y la violencia es el recurso del incompetente (decía Frank Herbert, creo); si sólo la increparon, pues entonces sí que no me da pena ninguna, aún están frescas en la memoria las imágenes de los "señores" del PP gritando maricón a Zerolo (el bueno, no el alcalde de Sta. Cruz), entre otras muchas que podría mencionar.
En fin, que ahí va (y también cruzo los dedos):
Antiguamente, los líderes políticos se sometían sin filtros al debate con la gente, y generalmente no pasaba nada. Todos recordamos las fotos de Roosevelt recorriendo Estados Unidos en el tren electoral y hablando desde él a los votantes, o de los mítines que daba Winston Churchill, en las calles y en las plazas londinenses, encaramado en su coche, a dos, a tres metros de su auditorio. Se les aplaudía y se les abucheaba, y ellos trataban de hacerse con el control de la situación con el uso de la palabra, hablando, tratando de convencer al público y, cuando fracasaban en el intento, se llevaban una bronca de mucho cuidado. Asistir a un acto político en una universidad constituía un riesgo seguro de recibir un sonoro abucheo por parte de algún sector de estudiantes. Felipe González es un político contradictorio que tenía una capacidad fuera de toda duda para manejar los encuentros políticos con la gente. Todos, menos los cortos de memoria y los pobres de espíritu, recordamos aquella ocasión en que un grupo de estudiantes de extrema derecha enviados por el patético Aznar del «váyase señor González» le abuchearon sin tregua ni perdón. Dijo don Felipe una frase cargada de razón: «esto me va en el sueldo». Es cierto, les va en el sueldo. A todos, incluida la dirigente franquista María San Gil, que el otro día recibió una bronca que algunos califican, en mi opinión exageradamente, de delictiva, en Galicia. El PP nos ha querido acostumbrar a una especie de política de guante blanco en sentido unívoco, es decir, con ellos hay que comportarse con una elegancia exquisita, mientras que ellos pueden arremeter contra los demás con todo tipo de tropelías, incluida la acusación velada y no velada al partido que les ha ganado las elecciones de estar detrás del peor atentado terrorista que ha sufrido nunca España. Ellos, que se consideran con el derecho de gritarles a las víctimas del terrorismo «meteos vuestros muertos por el culo»; ellos que han convertido el Parlamento en una taberna ruidosa llena de borrachines; ellos que han vuelto a llenar las calles españolas de banderas franquistas, que han acusado al Gobierno de vender Navarra a ETA y de ceder ante los terroristas, que se niegan a condenar a Franco, porque con Franco había paz, según señaló la propia maría San Gil; ellos, que han insultado y despreciado a los héroes que lucharon por restaurar la democracia en España y han boicoteado desde la oposición la política antiterrorista del Gobierno, ahora quieren que no les chistemos, que si les vemos por la calle no les mostremos el olímpico desprecio que les profesamos, y exigen que cuando comparecen ante el público se les escuche respetuosamente y no se les abuchee. Pues va a ser que no, porque no son los políticos los que tienen libertad de expresión, sino los ciudadanos, y de la misma manera que unos tienen derecho a acudir al mitin de María San Gil a escucharla y a vitorearla a gusto, otros lo tienen a presentarse allí y abuchearla hasta quedarse afónicos, que le va en el sueldo. Así ha sido siempre, salvo aquellos 39 años de paz que admira María San Gil.
Por eso, ni apoyo a doña María, ni me me solidarizo con ella, ni condeno nada. Lo que sí hago es rezar para que no me ilegalicen el blog.

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