Así que alquilamos un coche con seguro válido para México lindo, se nos unió uno de mis compañeros de piso, que a pesar de decirles roommate sólo comparten piso y no cuarto, y además no era un piso sino la típica casa americana, con su jardín delantero y el trasero y moqueta hasta en el baño, y eso viviendo al lado del desierto (San Diego, digo, Ciudad de la Costa Oeste es grande, mucho, aunque no tanto como LA) le ves poco la utilidad, pero oiga, los yankis son muy suyos y en todas las casas que visité había moqueta hasta en el baño. Cosa estúpida, sí, pero a mí que me cuentas. Pues eso, que el roommate se nos junto y ¡tiramos pa' la Baja!
Entrar en México es fácil, lo difícil es salir. Me explico, pasar la frontera hacia el sur no requiere absolutamente nada, sigues por la autopista, pasas por debajo de un arco y sin más formalidades ya estás allí. Nadie te para (que yo viera), nadie te pide documentación, ni siquiera tienes que hacer como que frenas (o al menos así era allá por el 2000). Volver al norte si que es otra historia: colas kilométricas y lentas, donde puedes aprovechar para comprar por ejemplo un último recuerdo, algo de comer, de beber, de lo que sea, pues hay (había) verdaderas tiendas en los bordes y multitud de vendedores ambulantes. Y luego un profundo interrogatorio por algún agente fronterizo gringo, examen al detalle de la documentación (visado de múltiples entradas, ¡eso es importante, que lo sepas!), registro del coche (pero por tu parte, "puedes abrir ese bolso, traen algo ilegal", etc...). Me resultó muy simpático que en primer lugar y mientras estuve sentado se dirigió a nosotros en inglés en todo momento; cuando salí a abrir el maletero pasó a un español perfecto para interrogarme a mí solo. Y mi cara de apuro tuvo que ser de aúpa, pues llevaba conduciendo desde hacía unas 5-6 horas y para ir más cómodo me había quitado los zapatos, así que ahí me ves a mí, descalzo, ignorando que había comprado el venezolano (mi roommate) cuando se había ido a su bola en Tijuana y encima con un agujero claramente visible en un calcetín. Ains, desastrito que es uno.
Pero a lo que iba, que me disperso. Si no lo he contado ya, que lo dudo, en otro momento relataré como el roommate nos metió la primera noche en un "hotel" que daba miedo en pleno Tijuana, en el que todos los inquilinos eran aspirantes a inmigrantes ilegales en los USA (dormir dormimos poco, la verdad, entre el acojone y los ruidos; y que la tensión y el miedo despiertan otros apetitos, que también), o cuando nos siguió un coche durante hora y pico y de noche (o eso nos parecía, claro), pero puedo decir que en rasgos generales y saliendo de Tijuana todo fue genial, la gente muy amable (típico del par de pubs: "¿son españoles?, ¡de Euskadi!", no hombre, no, de Canarias, "¿y eso dónde está?" Lo de vascos nos lo dijeron varias veces, se ve que van mucho por allí), el paisaje espectacular, variado y muy "mexicano", de los que vemos en miles de películas, y la comida fantástica.
Tijuana es otra cosa, es (o era) una mezcla de una especie de parque temático de alcohol, drogas, putas y farmacias para los turistas del reprimido Norte, con una gran población, mucha de ella viviendo por debajo del límite de la pobreza. Y una poca allí arriba, en lo alto (visitamos la que en aquel entonces era la discoteca más In de Tijuana con la excusa, pasaporte mediante, de "nos han comentado en España que éste es un sitio que no hay que dejar de ver", así que fueron todos sonrisas y entrada gratis; muy rococó para mi gusto aunque la vistas no estaban mal, se celebraba la graduación de una High School privada de las más pijas). No me gustó, obviamente, ni la disco ni Tijuana.
A lo que iba. Cuando te parabas en un semaforo de alguna avenida era inevitable ser asaltado por una multitud de mendigos, que acudían al reclamo de una matrícula de California (y que identificaban perfectamente tu acento como español no mexicano sino de España(coño), así que seguías siendo no nativo y casi gringo). Con deformaciones, llagas purulentas (de verdad de la buena), sin extremidades, vamos, de todos los tipos que ves en documentales por ahí o lees en novelas de la Edad Media. Era una imagen realmente impactante pero que no esperaba volver a ver.
Volviendo a estas desafortunadas Islas normalmente te encontrabas, como mucho, algún pibe que te quería limpiar los cristales o en las entradas a la ciudad a un señor con un cartel que cambia en función de la hora a la que entras, el señor, no el cartel que es claramente el mismo, lo que me hace estar casi seguro (junto con los rasgos y tal) que pertenecen a un grupo organizado y eso. Eso hasta ahora. Esta semana ya me he encontrado a alguno con claras deformaciones.
No sé, ¿es Tijuana nuestro destino? Visto lo visto, no me extrañaría, la verdad.
Hala, salud y a vivir, que son dos días. Yo lo hago o algo suficientemente parecido.





